El artículo publicado por Energy Policy demuestra que las empresas que aplican mejores prácticas logran, en promedio, más del doble de eficiencia energética anual que el promedio del sector industrial.
A través de un análisis comparativo de datos correspondientes al periodo 2002-2019, los autores concluyen y demuestran que las empresas que aplican mejores prácticas logran, en promedio, más del doble de eficiencia energética anual que el promedio del sector industrial.
El estudio muestra que las empresas líderes en eficiencia alcanzaron una mejora anual promedio del 5,16 %, frente al 2,11 % del promedio industrial. Esta diferencia revela el potencial desaprovechado que representa la adopción generalizada de buenas prácticas. En sectores como el de productos de papel e impresión, las empresas con mejores prácticas obtuvieron una eficiencia anual del 4,17 %, en comparación con solo 1,32 % en la media sectorial. En el caso de los metales no ferrosos, la brecha fue aún mayor: 4,06 % frente a 0,55 %.
El artículo destaca que estas mejoras no se deben únicamente a innovaciones tecnológicas, sino a enfoques integrados de gestión, como la implementación de programas de mejora continua, sistemas de gestión energética, metodologías Lean y la formación del personal. Un ejemplo es el caso de la planta de Toyota en Reino Unido, que redujo su consumo energético en más del 70% en 14 años mediante prácticas sistemáticas de gestión y optimización.
Por otra parte, el análisis pone en evidencia que las políticas públicas centradas exclusivamente en soluciones tecnológicas (como la captura de carbono o la electrificación) pueden resultar insuficientes si no se complementan con estrategias de eficiencia en el ámbito de la gestión. La implementación de prácticas de excelencia operativa podría reducir en un 20 % la intensidad energética industrial hacia 2030.
Finalmente, los autores proponen que los responsables políticos incorporen estas prácticas en sus marcos regulatorios y de incentivos. El estudio concluye que adoptar y promover mejores prácticas no solo contribuye a los objetivos climáticos, sino que también mejora la competitividad y resiliencia de las industrias frente a fluctuaciones económicas y energéticas.



